La mayoría lo llamaba simplemente "don Ovidio" sin despreciar su título militar aunque nadie sabía dónde y cuándo lo había logrado; toda su vida se había dedicado a sus faenas pecuarias y por esa razón se ignoraba su hoja de servicios. En esos tiempos esos grados se adquiriran muy fácilmente y como ejemplo citaremos el caso de un em-presario local que al obsequiarle un lote de ganado de raza al Presidente Crespo, en señal de agradecimiento le expidió la jerarquía de general. El público satíricamente lo catalogaba como generales de "semana santa". Afortunadamente, en la actualidad estos casos pasaron a la historia.
Ovidio nace en Guanare en 1841 del seno de una familia acaudalada, propietaria de hatos y haciendas; recibe su instrucción en la escuela de un señor Telésforo Merlo y se encauza hacia la secundaria en el colegio nacional. Muy pronto se ve obligado a administrar los intereses familiares por la muerte de su padre.
Ya zagaletón establece relación con el círculo liberal formado por el doctor Raimundo Andueza padre, Juan Antonio Quintero y los hermanos Oráa y por este motivo es perseguido por el gobierno Conservador y cuando surgen los Monagas ocupa cargos subalternos cónsonos con sus aptitudes y al sobrevenir la guerra de los Cinco Años logra establecer relaciones con Guzmán Blanco en ocasión de llegar derrotado a uno de sus hatos cerca de Morrones. Lo auxilia con ganado, bestias y dinero para encaminarlo hacia Colombia.
Cuando Guzmán inicia el Septenio, lo llama, lo nombra Gobernador de la Provincia de Barinas y más tarde le confiere facultades extraordinarias para que fuera el árbitro político del sur de Occidente y por lo tanto ponía y quitaba mandatarios a su libre albedrío y por Guanare desfilaron, Paco Batalla, sobrino político, un general Canales, el comerciante Gudiño y otros más hasta el término del guzmancismo en 1889.
Convencido por sus consejeros íntimos y respaldado por altos dirigentes nacionales lanza su candidatura a la Presidencia de la República para el período 88-90 y en seguida se crean comisiones de respaldo en diversas ciudades con 40 periódicos que mantenían una propaganda bien organizada. En Guanare sobresalía "El Sur de Occidente" bajo la dirección de Macías Inchausti y Delfin Aguilera.
La ciudadanía sabía que el gran elector era Guzmán ya con la experiencia de Crespo y Linares Alcántara, pero no estaba demás el verdadero dirigente de la campaña era Aguilera, lo titula benemérito, patriota abnegado, honrado ciudadano, héroe liberal.
Todos están seguros del triunfo y le aconsejan ir a Caracas para que el autócrata apruebe su candidatura y luego de cumplir éste las diligencias necesarias en los círculos sociales y políticos que le brindan toda clase de atenciones regresa a Guanare satisfecho de haber aglutinado seguras probabilidades en las próximas votaciones.
Regresa a Guanare donde es recibido en las afueras de la ciudad con discursos, flores, fuegos artificiales y en el Puente Abreu se desmonta de la cabalgadura y a pie el pueblo lo acompaña hasta la casa de gobierno donde se efectúa una solemne recepción.
No todo el conglomerado estaba de su parte, Benito Fernández Abreu, un periodista de fuste, su sobrino carnal, presidía una encarnizada oposición: el estudiante de derecho V.M. Heredia Macías en unión de muchos compañeros lo ataca con argumentos legales; en Acarigua hay manifestaciones de protesta y en Barquisimeto en un banquete donde asistía Guzmán Blanco como invitado de honor, promovido por el comercio, después de terminar varios oradores abreístas, se levanta un alto representante de las fuerzas vivas y hace un "panegírico" de don Ovidio y detalla sus condiciones negativas para ser presidente: poca cultura, inepto, perezoso, indiferente, con resabios caudillescos que contradice la pureza del liberalismo. Un hombre con estas condiciones es un estigma en la dignidad de Primer Magistrado.
Guzmán sorprendido y disgustado toma la palabra y dice: "si la pe-reza tuviera la malicia, el valor y la dignidad de Ovidio Abreu, yo las recogería todas para constituir un ejército invencible". Luego pidió permiso para retirarse dejando la impresión de muletear al candidato.
Cuando llega el momento culminante triunfa Rojas Paúl entre los cuatro candidatos presentados y a pesar del golpe recibido Abreu es el primero en felicitar al vencedor augurándole un gobierno progresista.
Cuando Rojas inicia la reacción antiguzmancista, el viejo hegemon le declara la guerra a muerte y empieza creando todo género de dificultades, tildándolo de traidor y oportunista.
Nuevamente se presenta como candidato presidencial para el período 90-92 y la derrota anterior opaca la aspiración colectiva y junto con Raimundo Fonseca, Julio Sabas García, Bernardo y Juan Bautista Araujo figuraban como aspirantes y en esta ocasión otro guanareño lo derrota: el doctor Raimundo Andueza Palacio.
Su estrella fue opacándose y a finales de siglo sufre el vejamen de caer prisionero de Castro y gracias a la intervención de personajes influyentes fue liberado. Después de sufrir los achaques, muere en 1907 y aquel conglomerado que lo glorificó en sus campañas políticas, lo acompañó adolorido hasta la última morada.
El "fenómeno" de la candidatura de don Ovidio a la Presidencia de la República tenía razones que la mayoría ignoraba, Guzmán como gran elector necesitaba colocar en la Alta Magistratura amigos insospechables de probadas lealtades para evitar lo comprobado con Colina, Salazar, Pulido y el tuerto Machado.
La otra es que no le interesaba encumbrar a personalidades sobre-salientes capaces de hacerle "una mala jugada" y la gente maliciosa veía en el general Abreu un probable ganador como en varias ocasio-nes dejó entender como su favorito.
El resultado de aquellas elecciones dio una mayoría abrumadora por el doctor Rojas Paúl, un hombre dotado de sobresalientes méritos, formado en el liberalismo guzmancista y uno de sus más allegados colaboradores. ¿Qué pasó? Se dice en los conciliábulos de la intimidad que un grupo de sus adoradores perpetuos convenció al jefe del peligro de que un hombre sin proezas militares, sin cultura y reconocido de iniciativas progresistas, podía provocar un levantamiento de insensibles proporciones.
En verdad durante la campaña de su promoción donde se desplegó una cerrada propaganda de prensa, conferencia y ofrecimientos de "villas y castillas", muchos sectores de poderosas influencias mayoritarias, se manifestaron en contra de esta aspiración por considerar que Abreu no llenaba los requisitos indispensables para ejercer la Primera Magistratura.
A simple vista podría el ciudadano independiente, habitante del llano occidental, pensar en el fracaso, se trataba de un hombre de insospechada honradez, de buen abolengo y de cerrado mutismo acostumbrado a mandar como caudillo medioeval sin preocuparse de sus responsabilidades sobre el desarrollo de la mayor comodidad de sus gobernados.
Era un hombre opaco, de magulladas palabras, reconcentrado en el poder por varios lustros; contrajo matrimonio con una agraciada dama tocuyana, Mariana Pérez Limardo, tienen tres hijos y por desavenencias pasionales se rompe aquel hogar y luego se une extramatrimonial-mente a Eloísa Rivera con la cual procrea dos hijos.
Muy digno de ser mencionado es su hijo mayor, Ovidio María, cariñosamente llamado Ovidito. Fue tal la abnegada devoción por su padre, que inmoló sus ideales y aspiraciones a una alta posición política o profesional por su permanente obligación de estar al lado de su anciano progenitor.
Por tal circunstancia se abstuvo de continuar estudios universitarios; en cambio, llegó a tener elevados conocimientos para adquirir una sólida cultura. Como asiduo lector formó una biblioteca selecta, abierta siempre a los estudiantes y amigos.
Dotado de bondadosos sentimientos, en varias ocasiones obtuvo de su padre muchos beneficios para la gente humilde, así como también exoneraciones de multas o condenas policiales.
Fue un pintor autodidacto formado por su afición hacia los grandes maestros que estudiaba minuciosamente el estilo y las modalidades propias del genio.
Dejó pinturas muy interesantes entre ellas un Panorama de la Ciudad desde El Calvario, un Napoleón, el Grande, un retrato de su padre y algunos cuadros más.
Acompañó a Don Ovidio en la insólita ocasión de ser remitido al Castillo de Puerto Cabello por arbitraria orden de Castro al entrar en Caracas en 1899, una disparatada decisión a una venerable personalidad, anciano y ajeno a la política. Rectificada la disposición se le puso en libertad en San Carlos sin haber recibido ninguna explicación.
Vuelto al hogar esperó el final de sus días en medio del respetuoso cortejo que lo condujo a su última morada.
Referencias
Quintero García, Pedro 1991. Guanaguanare. Biblioteca de temas y autores portugueseños. Ediciones del Congreso de la República. pp 196-200