historia

historia
"La historia está presente y nos rodea en todas las horas, porque no es otra cosa que la vida” Arturo Uslar Pietri
Mostrando las entradas con la etiqueta Crónicas Guanariteñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Crónicas Guanariteñas. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2026

Crónicas Guanariteñas ADIÓS, MARLENE MIRWALD

 Crónicas Guanariteñas


ADIÓS, MARLENE MIRWALD

Yorman Tovar

Marlene Mirwald
Y llegaron a nuestro pueblo. Primero Pedro Mirwald, con parte de su prole: su esposa y dos hijos, pues los otros nacieron en Guanarito. Poco tiempo después llegó su hermano Adolfo Mirwald con su cónyuge Mercedes Jiménez, y sus cinco hijos: Zulay, Gustavo Adolfo, Marlene, Otto y Sigfrido. Adolfo venía de residir y trabajar en uno de los poblados de la Colonia Agrícola de Turén. Lo cierto es que estos dos alemanes se destacaron como expertos mecánicos, sobre todo, en maquinarias Diesel, y así forjaron, simultáneamente dos familias, con criterios de buena ciudadanía y hombres y mujeres útiles a la sociedad. 


En la familia Mirwald Jiménez, se han destacado en las artes del canto y la música tres de ellos: Zulay, Marlene y Sigfrido, formados en la Casa de la Cultura José Luis Cabrera. Sobre todo, MARLENE (nacida el 26 de abril de 1967), quien, por poseer una exquisita voz, formó parte del equipo fundador de tres agrupaciones adscritas a la Casa de la Cultura: el “Grupo Pilón” de música folclórica, la “Coral de Guanarito”, para ocasiones cívicas especiales, intérpretes en grabación del Himno del municipio Guanarito, y también de “Los Cabresteros de Guanarito”, cuya especialidad fue el rescate de los cánticos de aguinaldos. Con su exquisita voz participó en la grabación de un álbum de varios artistas, en el que grabó el pasaje “Hoy hablé de ti”. Todas estas agrupaciones fueron dirigidas por el maestro guanariteño Luis Camacho Polo, quien tomó en cuenta sus dotes cantorales para incorporarla como miembro de la Coral de la UPEL-Guanare. En ese mismo ámbito musical, laboró como docente de aula y en educación musical en la Escuela Básica “Portuguesa” de Guanarito, donde obtuvo su jubilación.


Desafortunadamente, desde hace algunos años, una penosa enfermedad comenzó a minar su salud y a pesar de su fuerza espiritual y de los esfuerzos de la ciencia, no logró superarlo, por lo cual falleció el 22 de enero de 2026. Su voz en el tiempo seguirá retratando su presencia en las instituciones y en la gente en cuyos corazones sembró la generosidad de su íntegra persona. 

Paz a su alma. El Todopoderosa la acoja en su reino.


En Marlene Mirwald, guanariteña,

mestizaje de criolla y extranjero, 

 siempre brillaron con bondad risueña.

Rasgos de Europa y casta del llanero.


 Ella cantaba con amor lo nuestro, 

pues tuvo, cual llanera, el alma pura, 

y Guanarito, como buen Maestro 

le enseñó con pasión nuestra cultura. 


Marlene Mirwald, franca y amistosa, 

fue una cayena, dulce y candorosa 

en el jardín de la amistad sincera


Hoy mi verso de luto, en despedida, 

enaltece lo grande de su vida, 

¡Murió un vergel de canto en primavera!


Yorman Tovar (Cronista Popular de Guanarito)

La Colonia-Guanare, 23 de enero de 2026.

martes, 5 de noviembre de 2019

RELATOS IMAGINARIOS DE SANTA INÉS DE BARINAS A SAN CARLOS DE AUSTRIA


RELATOS IMAGINARIOS


DE SANTA INÉS DE BARINAS A SAN CARLOS DE AUSTRIA

(Una bala para Martín Espinoza, una bala para Ezequiel Zamora)



El 15 de enero de 1860 un jinete sobre un brioso castaño frontino, patas blancas, trocha roquedales, escalando las serranías de Ospino con rumbo hacia el vecino estado Lara. Va armado de doble canana, cruzada sobre el pecho, un machete al cinto y un Máuser en la cañonera de la silla, además de una afilada lanza. Bajo el trajinado sombrero alón luce el rostro de rasgos aborígenes: escasa barba de meses, mirada de águila al acecho, dando muestras de cansancio, sed y hambre. Va huyendo de las huestes de las cuales desertó hace cinco días en San Carlos de Austria, luego del magnicidio que puso fin a la vida azarosa de Ezequiel Zamora “El General del Pueblo Soberano”. “CUNAGUARO”, así es como llaman a este fugitivo. Hasta hace pocos días conformó, junto con “Caimán”, “Perro”, “Pantera”, “Onza”, “Tigre” y “León”, las siete fieras del Estado Mayor del comandante Martín Espinoza, indio rebelde, nativo del caserío Río Viejo del cantón de Guanarito, provincia de Barinas.


Eran los preludios de la Guerra Federal, cuyos focos en el llano comenzaron con la rebelión indígena de Guanarito, teniendo como protagonistas al cacique Regino Zulbarán, mejor conocido como “Indio Zulbarán”, o “El Indio Blanco”, un catire de ojos azules, a pesar de sus rasgos aborígenes; y Martín Espinoza, lugarteniente de Zulbarán. Martín era de contextura fuerte, mediana estatura, imponente y de mal carácter, a quien los godos, no sólo le quemaron su rancho, sino que también le mataron la familia, después de violarle la esposa y las hijas. Desde ese momento juró venganza contra todo el que tuviera piel blanca y ojos claros. Por esta razón hasta su jefe inmediato Regino Zulbarán le tenía ojeriza y cierto temor.


Después que conformaron la legión de los indios de Guanarito y arrasaron este pueblo, pensando en botines de guerra, se incorporaron al ejército de Ezequiel Zamora, un patizambo maluco, bigotudo, pálido, de nariz aguileña y azul mirada de gavilán. A pesar de su valentía, al conocer a Martín, Ezequiel lo vio con desconfianza, y desde entonces nunca lo perdió de vista, pues hasta un espía secreto le designó en su propio Estado Mayor.


El tal Zamora no era el intelectual ideologizado por ideas liberales que pintan algunos historiadores. Era un caudillo más, sedicioso y ambicioso de poder. Otro más que se alzó contra el Partido Conservador que ostentaba el poder para aquel momento. De manera que aquel caudillaje, sin excepción, disperso por toda la geografía venezolana se amparó bajo la sombra de las banderas amarillas del Partido Liberal y de la consigna ¡Oligarcas, temblad! “Tierra y hombres libres”. La Guerra Federal fue un capricho genocida que en cinco años exterminó más vidas humanas y causó más ruinas económicas que la de Independencia, que duró más de diez.


Otros elementos que alimentaron esta locura, fueron la desgracia y la pobreza extrema de los campesinos, despojados de sus tierras. Esto dio pie para que los hombres laboriosos del campo le cambiaran el oficio a sus machetes, apartándolos de los labrantíos y colocándolos al servicio del crimen y la sedición que eran los objetivos que subyacían en la causa revolucionaria de Ezequiel Zamora, el mentado “General del Pueblo Soberano”.


“Cunaguaro” lo llamaron desde pequeño. Hasta él mismo ignoraba su nombre de pila. Era vecino del rancho de Martín Espinoza en Río Viejo. Siempre anduvieron juntos desde la infancia, como dos camaradas, juntos navegaban el río Guanare y compartían el fruto de la pesca. Juntos disfrutaban los tragos de aguardiente y juntos andaban en un viaje a Guerrilandia el día que los godos asaltaron, violaron y quemaron el hogar de Martín; y juntos también mataron el primer hombre en Guanarito. Una vez que lo vieron se les metió la idea de que aquel catire que vestía una guerrera del uniforme de los conservadores era uno de los supuestos culpables de la tragedia de Martín. Después que le fingieron amistad, entre ambos lo embriagaron y lo sentenciaron a muerte en nombre de la Federación. Antes de ejecutarlo Martín lo despojó de un valioso anillo de oro con un zafir. Luego lo colgaron de la rama de un guamo, a orillas del río. Después de muerto Martín ordenó a “Cunaguaro” bajarlo, desnudarlo y cortarle pene y testículos, se los sujetaron de los pies junto a un letrero, y lo volvieron a colgar. El pérfido mensaje decía: “Así terminan los enemigos de Martín Espinoza”. Desde entonces cobró fama la condición de esbirro, tanto de Martín como de “Cunaguaro”. A partir de ese infausto momento, en el dedo medio de la mano izquierda de Martín brillaría el zafir del anillo de oro bajo los soles del llano, sin quitárselo más hasta el día en que lo fusilaron. Martín, el indio de Río Viejo estaba hecho para las hazañas y las fechorías en nombre de la revolución. Una vez el General Zamora le preguntó: -Espinoza, ¿dónde obtuvo usted ese anillo de oro tan costoso?... ¿Por qué no me lo vende? Y le respondió el indio: -No, mi General. Ese es un botín de guerra muy preciao pa mí. Muchas gracias. Zamora bien pudo decomisárselo, sin embargo le respetó la justificación del origen de aquella valiosa prenda.


La primera aparición de “Cunaguaro” en combate fue en julio de 1858, cuando se alzó Zulbarán, y detrás de éste su amigo y jefe Martín Espinoza. La legión la conformaban puros indios, oriundos de Río Viejo y de Sabana Seca, arengando consignas como: “Viva la Federación”, “La tierra es de todos”, “patria o muerte” y “Horror a la oligarquía”. La primera operación bélica fue la sonada “Batalla de Trapichito”, un arrasamiento con llamas, machetazos, tiros y lanzazos en una hacienda que llevaba este nombre, entre Guanarito y Sabana Seca. Ese día “Cunaguaro” se dio cuenta de su habilidad natural para ejecutar un fusil. Sin haber disparado nunca antes uno, en esa refriega había liquidado él solo a catorce personas, a larga distancia, además de cinco pescuezos, volados a machetazos a cinco humanos que se le arrodillaron implorándole clemencia. -¡Nojoda, guerra es guerra! Decía “Cunaguaro” mientras soltaba sonoras carcajadas, entre marrones escupitajos de tabaco masticado.


Un día cualquiera se sintió “Cunaguaro” un soldado importante, ya enrolado en las huestes de Zamora. Allí conoció a los otros seis sanguinarios con los que formarían los siete temibles hombres del Estado Mayor de Martín Espinoza: “Caimán”, “Perro”, “Pantera”, “Onza”, “Tigre” y “León”. “Caimán” era un llanero de agua, bueno para nadar, zambullir y aparecer a flor de agua con un caimán enlazado en alguna solapa. “Perro” y “Pantera” eran y hombres de cacería, expertos lanceros, capaces de proveer a la tropa con carne de bichos de monte, mientras que “Onza”, “Tigre” y “León”, además de diestros macheteros eran, junto a “Cunaguaro”, los tres de mayor confianza de Martín Espinoza. Eran los administradores del pertrecho y los primeros en atacar a la hora de un asalto. ¡Y cómo asaltaban y asesinaban en nombre de la revolución!


Después que alcanzó jerarquías en la legión de Zamora, Martín no quiso someterse a las órdenes del indio Zulbarán, y formó tienda aparte con sus huestes, no menos incendiarias y sanguinarias que las de sus superiores. Tanta fue la fama de esbirro que aquilató Martín, que se convirtió en un turbio problema para la causa de la Federación. Asimismo, Zamora, como todos los caudillos populistas de Venezuela cogió la manía de compararse con Bolívar Libertador, y entonces, en sus delirios contrastaba a Martín Espinoza con el impertérrito general Manuel Piar, tan sólo buscando un motivo para llevarlo al paredón.


El “Indio Zulbarán”, desplazado en el ejército zamorano por la calidad y el arrojo guerreros de Espinoza se sintió celoso y comenzó a advertir al jefe supremo sobre los peligros del sedicioso de Río Viejo. Otros alabarderos como el “Brujo-Edecán”, de manera adulona le advertía al mostachoso caudillo: “Cuídese de Martín Espinoza, mi general. Ese animal lo mira a usté con rabia. El otro día lo escuché diciendo que usté es otro godo que merece el filo de un machete en el pescuezo, que una bala quiqué es muy cara pa gastala en usté”.


Eran constantes las quejas que llegaban a Zamora de asaltos, robos y crímenes que, en nombre de la causa Federal y en su nombre propio, cometían estos demonios que no conocían miedo ni escrúpulo alguno. Cada vez que cometían una fechoría, socarronamente gritaban en coro las consignas del ejército zamorano: ¡Oligarcas, temblad! “Tierra y hombres libres”. En una de esas andanzas, cuando devastaron a plomo, machete y candela una pequeña fundación cerca de Dolores, un machetazo que lanzó “Onza” a una marrana lechona que escapaba de la cocina, se lo clavó en pleno talón derecho a su jefe, y esto lo dejó impedido de sostenerse en pie. Después de detenerle la hemorragia, en brazos de amigos lo subieron a caballo hasta Santa Inés, a donde los había mandado a llamar el general, pues se aproximaba un desenlace importante para la causa federalista. Ese día del asalto en Dolores “Cunaguaro” disfrutó de su puntería, cuando un zagaletón quiso escaparse a caballo en violento galope, y lo bajó de un tiro cuando iba entrando a un mogote, a más de cien metros. ¡La bala le dentró en el mero cogote! ¡Je, je! Decía el bárbaro lanzando un escupitajo de tabaco masticado.


Tanto y tanto fue el cántaro al río hasta que se quebró. Se cansó Zamora de las quejas que le llegaban del susodicho asaltante. El 9 de diciembre de 1859 en Santa Inés de Barinas amaneció el día más radiante que nunca. La brisa sabanera traía olores de campanillas navideñas, estoracales recién florecidos, y los dragos desgranaban sus últimos oros sobre la tierra llanera. Mientras el Estado Mayor del “General del Pueblo Soberano” preparaba los últimos detalles para la gran batalla, éste, caviloso, se atusaba el enorme bigote y su añil mirada gavilanesca se perdía en el horizonte. Estaba sentado sobre las raíces del descomunal samán cuyas ramas cobijaban todo el perímetro de la plaza mayor. ¡Histórico samán, inmortalizado por las plumas de los mejores cronistas de Venezuela!

De ipso facto se levantó, mascullando a solas: “la culebra se mata por la cabeza”, y llamó a uno de sus edecanes, ordenándole traerle su caballo, montó, picó los ijares y se presentó en el rancho donde convalecía Martín, entre fiebres y espasmos del machetazo, casi a punto de tétano. Zamora, a pesar de verlo imposibilitado de cabalgar, le ordenó, mientras le miraba con ambición el anillo de oro con el zafir en el dedo medio de la mano izquierda: “Espinoza. Necesito que se vaya con sus hombres a Guanare, para que dé punto de apoyo al avance de nuestro ejército, porque pronto avanzaremos hacia Caracas”. El indio, viéndose impedido de cabalgar, ordenó a su hombre de más confianza, en presencia de Zamora: “Cunaguaro, llame a nuestros hombres pa que se cumpla la orden de mi general Ezequiel Zamora. Yo estoy impedío de montá a caballo. Usté me perdona, mi general, pero enfermo no puedo. En otra ocasión cumpliré su orden al pie de la letra”´.

Fue entonces cuando dijo Zamora: “Está bien, Martín. Váyanse todos, menos “Cunaguaro”, para que lo asista a usted, Espinoza, mientras se recupera”. A la media hora de haberse marchado la legión del herido, lo mandó a traer a la plaza mayor. Había improvisado un Consejo de Guerra para condenarlo a muerte, sin apelación, por los delitos de rebeldía, indisciplina y carencia de moral revolucionaria. A la una de la tarde fue traído a rastras el sedicioso de Río Viejo. Dijo Zamora: “Una sola bala es suficiente para fusilar a un traidor. Llévenlo al pie del samán para la ejecución.


-“Cunaguaro”, le ordeno que cargue su fusil y sea usted, el mejor fusilero del ejército, quien cumpla la ejecución”.


El aludido no pudo negarse, pues de contrariar tan severa orden correría la misma suerte de su jefe inculpado. Con lágrimas de hombre apareció entre la soldadesca. Cargó su fusil y esperó la orden. Un viejo cura apareció y pidió permiso a Zamora para confesar al sentenciado, quien contestó no tener nada de qué arrepentirse que no fuera la mala hora en que siguió a Regino Zulbarán para ponerse a la orden de los mismos godos que violaron y asesinaron a su esposa e hijas.


Pensando en la ambición de Zamora por su valiosa joya , se despojó de su anillo de oro y lo lanzó hacia el pajonal, y sin inmutarse ni permitir que le vendaran los ojos, esperó la orden que el mismo Zamora, espada en mano, dio: ¡Preparado. Apunte. Fuego! El sonoro y certero disparo de “Cunaguaro” se incrustó en la frente del indio rebelde que sin mueca de dolor quedó mirando hacia el frondoso ramaje de aquel enorme samán que históricamente, fue testigo de un fusilamiento insólito, pues el hombre de confianza del ejecutado fue quien tuvo la desdicha de ponerle fin a su tortuosa existencia. Aquella tarde “Cunaguaro” lloró a solas su perra suerte, mientras en silencio juró vengar la muerte de su jefe, de su aliado, de su amigo de siempre.


El día siguiente, 10 de diciembre de 1859, a las tres de la madrugada sonó la diana. Se aproximaba el feroz combate que daría renombre a Ezequiel Zamora y a la Federación. Fue un apoteósico acometimiento en el que los Ejércitos Federales se llenaron de gloria. Los godos oligarcas mordieron el polvo, sonaron los clarines anunciando la victoria definitiva…

“Aviva la candela
el viento barinés
y el sol de la victoria
alumbra en Santa Inés.
¡Oligarcas, temblad,
viva la libertad!”


Ese día, con el despecho en el alma y el remordimiento en el corazón “Cunaguaro” usó su fusil sin control, matando liberales y godos por igual. Todavía no había agotado el odio y las lágrimas de arrepentimiento por haber tenido que ser él, precisamente, el seleccionado para fusilar a su amigo. “Con razón no quiso que yo me fuera con los otros guerreros pa Guanare” –decía mascullando su rabia- A pesar de su dolor, fingió compartir la victoria, pero se decía a sí mismo, en silencio: “el día e pagá, nadie es tramposo. Yo vengaré la sangre que derramé a Martín Espinoza, carajo”.


Aquellas navidades fueron las más amargas para “Cunaguaro”. Ni siquiera el retorno de sus amigos: “Caimán”, “Perro”, “Pantera”, “Onza”, “Tigre” y “León” logró revivir su alegría. Ya no había nada qué asaltar ni a quién matar por placer. Así llegó el día de Reyes de 1959. “Los héroes de Santa Inés” se preparaban para el avance hacia Caracas a tomar el poder.

Partieron una madrugada de Santa Inés y con el atardecer estaban llegando a san Nicolás, jurisdicción de Guanare. Esa noche los vencedores, junto a su héroe serían objeto de un gran homenaje con terneras, aguardiente y música de bandola, cuatro y maracas. “Cunaguaro” andaba atento a todo. Vio a Zamora bailar con una catirita de catorce años, percibiendo que los padres de la niña, cabrones, adulantes y ambiciosos, se la ofrecían al “General del Pueblo Soberano”. Esa noche vio la habitación donde durmió el guerrero, sin ninguna custodia, fácil presa para una fiera.

Al día siguiente, con el atardecer, acamparon en Guanare. Zamora andaba paranoico y ordenó que el fusilero “Cunaguaro” fuera apostado en el campanario del templo para que vigilara cualquier intento de magnicidio en medio de la aclamación popular. “Cunaguaro” trepó con facilidad el campanario con su fusil y con el pecho adornado de una doble canana. No se le quitaba la impresión de haber fusilado a Martín Espinoza, y continuaba con su soliloquio: “el día e pagá, nadie es tramposo. Yo vengaré la sangre que derramé a Martín Espinoza, carajo”.


Amanecía el 10 de enero de 1860 cuando en San Carlos de Austria, el general ordenó tañer las dianas en señal de los preliminares al posible ataque de los godos. Era el aniversario de un mes de la gloriosa gesta de Santa Inés. Una pésima y estridente pieza oratoria del general arrancó arengas en la multitud: ¡Vivan los héroes de Santa Inés!... ¡Viva el general Ezequiel Zamora… viva la Federación! Inmediatamente surgió el coro interpretando el glorioso Himno de la Federación:

“El cielo encapotado
Anuncia tempestad…
¡Oligarcas, temblad,
viva la libertad!”.

En medio de aquel barullo se perdió el fusilero “Cunaguaro”. Mientras las emociones cundían la multitud bulliciosa y la soldadesca se confundía con el pueblo, “Cunaguaro” trepó con facilidad el campanario del templo de San Carlos, con su Máuser y con el pecho adornado de una doble canana. En ese momento Zamora fue llamado para un brindis, a una casa vecina de donde se hallaba despachando. Desde el campanario, el resentido soldado “Cunaguaro” apuntó con la misma puntería que utilizó para fusilar a Martín Espinoza hacia el sombrero hongo donde asomaba la visera del quepis que cubría la gloriosa cabeza del “General del Pueblo Soberano”… ¡bang! … un solo disparo acabó con “La Gloria de Santa Inés”, mientras mascullaba: “Muerto el perro se acabó la rabia”, como dijo él mismo cuando me mandó a fusilá a mi vale Martín: “Una sola bala es suficiente para fusilar a un traidor”.

En medio del bullicio nadie supo de dónde había salido la bala. Todo el mundo se volcó hacia el lugar donde había caído el cuerpo de Ezequiel Zamora Correa. De “Cunaguaro” nunca más se supo nada. Nadie lo echó de menos. Nadie sabe que él había sentenciado al verdugo que lo hizo fusilar a su jefe: “el día e pagá, nadie es tramposo. Ya vengué la sangre que derramé, sin querer, a Martín Espinoza, carajo”. ¡Misión Cumplida, Cunaguaro!

Ahora cabalga solo, huyendo hasta de su propia sombra. En su soliloquio dice: “será que se cumple en mí la sentencia de que el que a jierro mata, a jierro muere, y con qué gusto moriría, después de matá el perro pa que se acabara la rabia… ojalá Dios me dé licencia pa di a buscá en el pajonal de Santa Inés el anillo de mi vale Martín”…

El sol larense reverbera sobre la serranía, y entre cujíes y cardones se borra la silueta del prófugo jinete… el mejor fusilero del ejercito los “Vencedores de Santa Inés”… el célebre “Cunaguaro”… él mismo, todavía ignora su nombre de pila.


Yorman Tovar 

La Colonia-Guanare, 10 de diciembre de 2016
9: 45 P.M. 
(A 256º aniversario de la necesaria muerte de Ezequiel Zamora)

miércoles, 22 de mayo de 2019

¡LO QUE VIENE ES ENEAS!


CRÓNICAS GUANARITEÑAS

¡LO QUE VIENE ES ENEAS!
Cierto domingo de 1973 estaba de visita en nuestra casa el paisano-primo Grossman Parra, éste salió para la calle y de pronto entró con un aspaviento: “Asómense un momento… ¡Lo que viene es Eneas!” Todos nos asomamos con curiosidad y nos reímos de la ocurrencia de Grossman. Ciertamente, lo que venía era ENEAS. Se acercaba ENEAS PEÑA, un humilde, simpático e inofensivo anciano, guanariteño genuino, con el nombre del héroe de “La Eneida”, epopeya latina escrita por el poeta Virgilio en el siglo I a. C. continuidad, de los poemas homéricos tomando como punto de partida la guerra de Troya
Nuestro Eneas era también otro guerrero de la vida, pero muy pacífico. Tenía el rostro huraño, con cejas y bigotes poblados y canos, que le daban un semblante de hombre rudo, bajo aquel trajinado sombrerito de paño. Tenía en la voz una gravedad natural, como los experimentados locutores de la buena radio, pero hablaba muy poco. Su diminuta figura la cubría siempre una blusa tipo liquilique y un enrollado pantalón de dril, color kaki o gris, atuendo salpicado de chimó, y sus pequeñas alpargatas, y cargaba siempre un cuartico de ron en un bolsillo. Caballerosamente esgrimía una leve sonrisa cuando lo saludábamos:
-¡Eneas Peña, carajo! … y respondía: -¡Eneas Ramón Peña, a su orden!

Su seriedad y respeto al prójimo rayaba en la tolerancia. Tanto así que no le prestaba atención a las arengas de algunos zagaletones y personas necias que trataban de molestarlo, gritándole: ¡Eneas… cuando lo apretan se mea! Los escuchaba con indiferencia y seguía su lento caminar como si nada.
¡Debe haber vivido entre 80 años o un poco más. Nunca se le conoció concubina ni concibió descendencia. Era más bien un llanero inocente, pero con la indígena malicia del campesino auténtico. Eso sí… un hombre a carta cabal. Lo demostraron sus hechos.

En tiempos otrora en el pueblo se le admiraba por su dos labores especiales: pintor de brocha gorda, con cal y pinturas que él mismo fabricaba con tierra, ceniza, carbón y otras sustancias, mezcla especial para paredes de bahareque; y por ser experto fabricante de trabucos en las fiestas patronales, los cuales hacía con cánulas de bambú verde, llenándolos con carburo y algo de pólvora. Eso sí, era él mismo el encargado de detonarlos. Toda la gente corría y se apartaba para oír la explosión, pero Eneas se quedaba estático, con una sonrisa, esperando el resultado de su ingenio popular.


Siempre se le veía solitario, caminando con parsimonia bajo el tórrido sol guanariteño; y algunas veces en noches de plenilunio, daba gusto mirarlo pasar con las manos hacia atrás. Parecía la imagen del Juanbimba de la tarjeta negra de AD-GOBIERNO para la candidatura de Raúl Leoni en 1963. De vez en cuando le ponía oficio a las manos: pelaba por la carterita de ron, se ajilaba un “palo e músico” y sacaba una pequeña armónica o sinfonía (sustituta del acordeón), la envolvía entre sus pequeñas manos, se la llevaba a la boca, y la arrancaba mientras las notas vagabundas de un viejo bambuco que sonaba en las rock-olas de las cantinas: “métale candela al monte/ que se acabe de quemar, / ya mi china se me fue/ y no sé si volverá”. A pesar de ser bebedor solitario, jamás se le vio acostado en una acera… ¡era un bebedor de vergüenza!

Ya a principio de la década de los 80, una noche veranera, probablemente bebió más de la cuenta para su avanzada edad, y sin saber cómo ni cuándo se acercó al río, y hasta allí llegó su sencilla existencia. Amaneció abollado a la orilla, bajo unos guamos. Por primera vez lo vimos sin sombrero. Su viejo compañero abollaba también junto a una de sus alpargatas. Parecía un muñeco de trapo flotando en las claras aguas veraniegas del río Guanarito. Aquella infausta noche, la luna de Guanarito, sin sospechar el fatídico final de aquel soñador, lo siguió hasta su trágico destino.

A la mañana siguiente, las ya desaparecidas campanas de bronce lo despidieron con melancólicos dobleces, y vimos pasar su entierro de hombre pobre y solitario en un desaliñado cajón mortuorio que donó el Concejo Municipal. Cuando pasó el humilde cortejo frente de la casa de doña Carlota Correa de Mezherane (paso obligado, de la iglesia al cementerio), es probable que, católica como nadie, se halla asomado a la ventana, y seguramente dijo: ¡Eneas, Dios te perdone y te lleve a la eterna gloria!

Por muchos años, después de su muerte, cuando aún en nuestro pueblo no existía el hampa ni la inseguridad, nos parecía ver la diminuta silueta columpiando en la semipenumbra de la noche llanera, y la voz musical de una vieja sinfonía desgranando aquellas notas del bambuco:

“métale candela al monte

que se acabe de quemar,

ya mi china se me fue

y no sé si volverá”

Así fue la sencilla vida de un guanariteño que vivió entre la soledad y la pobreza, pero con el corazón y el alma henchidos de honradez. Nunca pidió clemencia ni mendigó nada, ni siquiera un trago de ron que era su debilidad.

Nota: Por no tener en mi archivo una foto del personaje, ilustro la crónica con una silueta imaginada por mí, y con una gráfica del Puerto "Los Guamos", donde pereció Eneas.


Yorman Tovar (Cronista Popular de Guanarito)
La Colonia-Guanare, 17 de febrero de 2015.
Son las 11 y 58 minutos de la noche.

viernes, 12 de abril de 2019

“Pedro Chaplaco”: entre el real y lo fantástico del acervo cultural.

CRÓNICAS GUANARITEÑAS

“Pedro Chaplaco”: entre el real y lo fantástico del acervo 
cultural.


Según investigaciones del inolvidable abogado Ángel Armando Yúnez Diaz, los primeros libaneses llegaron a Guanarito en 1915, huyendo de las guerras. Necesario es destacar apellidos como: Yúnez, Fáez, Asís, Gacelt, Magual, Chamate, Cavada, Baruki, Raidi; y personajes don Miguel Mezerhane, don Pedro Raidi, y a “Musiú Carlos” (el único desafortunado de todos).

De esas descendencias hay mucha tela que cortar, y es propicia la ocasión para recordar a Pedro Ramón Báez (su verdadero nombre); otros lo llamaban Pedro Yajure, porque, supuestamente, era hijo de un libanés con ese apellido, en el vientre de una criolla desconocida. Lo cierto es que desde muchacho fue peón de algunos de sus parientes, los Yúnez. Siempre guardó buena relación con los libaneses y sus descendientes, especialmente con los Yúnez, y cuentan también que le don Pedro Raidi y que le guardaba dinero.
Aquilataba en su perturbada humanidad características físicas y espirituales propias de la novelística galleguiana: la apariencia harapienta, inocentona y supersticiosa de Juan Primito; la zamarrería de Melquíades “El Brujeador” y la gracia genuina de Pajarote, y encarnaba perfectamente a Juan “El veguero” de “Cantaclaro”, pero jamás las bribonadas de Balbino Paiva, porque nuestro personaje era honesto; y no podría tener un espíritu diferente aquel hombre descendiente de la trilogía mestiza del llanero, ligada a la impertérrita raza moruna, curtida en los interminables desiertos del histórico Oriente universal.

Lo conocí de trato y comunicación y fuimos buenos amigos, desde cuando mi madre tenía el restaurante en la vieja casona que fue de don Rafael Cuevas, él comía allá y pagaba con quinchonchos, sacos de yuca, topochos y plátanos; y otras veces me madre le quitaba algún préstamo y él le contestaba: a la tarde se lo traigo, y aparecía siempre con el préstamo en monedas sencillas. Yo creo que hacía esto para impresionar, pues en el pueblo comentaban que tenía dinero enterrado, o en el conuco o en la casa.

En la actualidad, al margen izquierdo de lq que hasta hace 15 años fue la carretera (hoy destartalada por falta de mantenimiento) que se inicia, rumbo a la “Calceta Arriba”, “El Placer”, “La Cebereña” y “Morrones”, se construyó la “Aldea Universitaria”, una modesta estructura, con aires de civilización si la comparamos con lo que hace 40 años era ese lugar. Algunos de los que allí laboran hasta altas horas de la noche afirman haber visto por los pasillos la sombra de un viejo campesino flaco, de mediana estatura, sombrero de cogollo y botas de caucho… sólo se escucha en el silencio la onomatopeya de las botas de aquella sombra fugaz, como si estuvieran llenas de agua: ¡Chaplaco!... ¡Chaplaco!... ¡Chaplaco! Si esto fuere verdad, más allá de lo maravilloso, hay que considerarlo como lógico, dentro de lo verosímil, porque justo en aquel lugar estuvo hasta mediados de la década de los 80 la el conuco o la vega del pintoresco personaje, híbrido de libanés y llanero.

El supuesto origen de su sobrenombre nos remonta a la poesía popular del payador argentino Atahualpa Yupanqui en su canción de arriero “Los ejes de mi carreta” cuando inicia el canto:

Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao,
si a mí me gusta que suenen
¿pa qué los quiero engrasaos?

Ese remoquete de “Pedro Chaplaco”, sin querer, lo creó el mismo personaje en su primera juventud, cuando conversaba con los amigos, y les contaba -con la tartajosa voz de anciano que le caracterizó desde joven-, que a él, cuando llevaba el arreo de mulas, lo divertía el sonido de sus botas, mojadas por dentro de sudor: ¡Chaplaco!... ¡Chaplaco! Desde ese entonces comenzaron a mentarlo así, cosa que él rechazaba y se volvía furioso, capaz de agredir a cualquiera con su afilado machete rozador, aunque en verdad, nunca agredió a nadie, aun cuando se daba él mismo la fama de ser experto jugador de garrote. No obstante, fueron muchos los osados que “pidieron cacao” corriendo delante de la amenaza de aquellos tétricos pasos persecutores, mientras le gritaba: ¡Chaplaco!... ¡Chaplaco!... ¡Chaplaco!

Para él existían fechas especiales para el buen vestir: bien fuese el 24 o el 31 de diciembre, o el sábado santo, para ir a la misa, y el día de las elecciones. Resultaba extraño verlo, en lugar de los harapos del pantalón y la franela cruda, manchados de topocho, con un liquilique de lino gris, sombrero “cavalliero” del mismo color, con vuelta “Gardeliana” y un par de alpargatas “Pampaneras”, en vez de botas de goma.
Decía no saber ni la O por lo redondo, pero sabía firmar, y solía leer en voz alta. Muchas veces lo escuchábamos, al pasar por su rancho, leyendo lecciones del libro “Mantilla”. Tras su zamarra imagen de hombre analfabeto, se ocultaba, no un sabio, sino alguien que había asimilado su poca lectura pasada; a veces se ponía a hablar de historia de Venezuela, y si uno le preguntaba el nombre de su padre, respondía: ¡Manuel Piar! Sus innumerables anécdotas, todas son graciosas, algunas muy escatológicas, sin embargo, todavía andan de boca en boca en la oralidad guanariteña. Por ejemplo cuando pasaba con su burro cargado de frutos de su vega y él montado o a pie, soltaba, canturreando coplas como esta:

Del caballo la carrera,
del toro la vuelta el cacho,
de las mujeres me gusta
ponde le sale el muchacho.

Me contó la fallecida doña Luz María Noguera que una vez su madre María Froilana, padecía de dolores lumbares, y Chaplaco le recomendó una pomada llamada “Valera el puy”, que vendían en Farmacia “La Pastora” en Caracas, muy famosa por cierto. Ella tomó muy en serio las dotes medicinales de Pedro y encargó a alguien la pomada. Un mes después la persona a quien ella había hecho el encargo, le contó haber pasado una vergüenza por pedir una vaina que no existía. En cierta ocasión encontró a Delfina Quiñones con un dolor que le empezaba en “la rabadilla” y le salía en las corvas. Entonces Pedro le dice: ¡Mirá, Delfina, lo bueno pa esa vaina son perches de sebo e zorro en hojas de zorrocloco en el rabo! Delfina, que no era pendeja, lo mandó pal carajo con sus recetas, y el hombre se perdió por la calle, en una picaresca carcajada.

Para una semana santa, mi madre dizque le pidió: -Compa Pedro, méteme un morrocoy. El hombre accedió. Cuando estaba en su función de matarife, mi hermano Héctor (“Chochongo”), de 7 años se acercó a curiosear, fue entonces cuando Chaplaco aprovechó la ocasión para su maldad. Cuando Héctor le preguntó por qué abría y cerraba la boca, Chaplaco le dijo: ¡Métale el deo, hijo que ese no jace nada!... el inocente le metió el dedo, cuando doña Lina oyó el grito corrió a ver qué pasaba, vio a Héctor con el dedo sangrante, algunas presas del morrocoy en una totuma, y de Chaplaco ni la sombra. Menos mal que lo que le mandó a meter fue el índice de una mano, si lo manda a meter otra cosa mi hermano no hubieses tenido fama que ha tenido.

Una noche le dio por quejarse, dando fuertes alaridos: ¡me arde el culo! ¡Me arde la cagalera!!Ayayay! Y empezaron a llegar los vecinos a ver qué le pasaba a don Pedro, cuando de repente se levantó, desnudo en pelota corriendo, con el machete en la mano tras de los curiosos. Otra vez comenzó a quejarse de la misma forma, y esta vez fue su vecino Adelis Peraza quien a pesar de las diferencias que tenían, acudió en su auxilio, y al verlo le grita Chaplaco: ¡Adelis, coño e madre, y jacei tú en mi casa, no sabei que somo enemigos por unos gallos! Cuando fue a coger el machete que tenía en un rincón, cogió Adelis un palo de leña y se lo recostó en una costilla… “pa que cogiera filo” –dijo Adelis-

Los últimos días de su vida fueron críticos: le pego un dolor en la cintura y una “esrengadera” que lo puso a caminar en cuatro patas, pero tuvo la suerte de que una vecina: Coromoto Alvarado, la popular “Gorda Coromoto” lo atendía como si aquel fuese su padre. Por esta razón, al morir Pedro Chaplaco, su primo Armando Yúnez le dijo a la generosa mujer que se quedara con aquel rancho, el cual vendió por tenerle miedo al muerto.

Volviendo a lo fantasmal, pienso que es posible que sea el espectro la sombra de Pedro Chaplaco la sombra que recorre los pasillos de la Aldea Universitaria, en busca de un valiente y piadoso que se atreva a sacar el tesoro que –según algunos viejos- dejó enterrado en su otrora conuco, del que tan celoso fue hasta sus últimos días.

Nota: A decir verdad, la imagen que ilustra esta crónica no es la de PEDRO CHAPLACO. La copiamos de la página 104 del libro texto “Abajo Cadenas” o “Juan Camejo”, en el cual aprendí a leer, y siempre, al ver la imagen de varios ciudadanos alzando la vista para leer una información del Consejo Electoral acerca de la importancia del VOTO, uno de esos ciudadanos se me pareció a PEDRO, y por eso se me ocurrió colocarlo allí para que quienes lo conocieron, vean el coincidencial parecido con aquel personaje que se vestía bien en días especiales.



Yorman Tovar (Cronista Popular de Guanarito)

miércoles, 10 de abril de 2019

AQUELLOS LLANEROS DE AGUA ESTAMPAS DEL VIEJO LLANO GLOSA DE LA LLANERIDAD

CRÓNICAS GUANARITEÑAS Yorman Tovar 

AQUELLOS LLANEROS DE AGUA

DE ARISMENDI A GUANARITO,
PARTIENDO LAS TURBIAS AGUAS,
REMONTA, EN CANSINO VIAJE
UN BONGO DE VEINTE VARAS.
Gabán Pionio
Viejo llano ribereño
de aquel Guanare impetuoso,
el recuerdo quejumbroso
gime en la voz de mi ensueño.
El marinero, en su empeño,
dejaba escapar su grito,
y la guarura era el rito
que anunciaba los viajeros…
¡Ah mundo, aquellos bongueros!
DE ARISMENDI A GUANARITO.

Viejo bongo, tren fluvial
sobre los rieles del río
donde se fue el amorío
de mi edad primaveral.
Palanquero sin rival
de bongos y de piraguas,
desafiando las macaguas
y los caribes golosos,
y hasta caimanes mojosos
PARTIENDO LAS TURBIAS AGUAS.

¡Con Dios y la Virgen vamos!
Dice Abelardo al patrón,
luego “El chingo” Pantaleón
responde: ¡…on elloj vamoj!
Mangles, caramas y guamos
simbolizan el paisaje,
el bongo marca el oleaje,
barquineando por la carga,
con un motor “pata larga”
REMONTA, EN CANSINO VIAJE

El catire Omar Linares
le comenta a Abel Cancines:
-“En estos viejo confines
voy a enterrar mis pesares”.
Bonguero de cien Guanares,
tú, que sabes de curiaras,
quisiera que me contaras,
sentado allá en la barranca
cómo se nueve a palanca
UN BONGO DE VEINTE VARAS.

Guanare, enero de 2009.



Yorman Tovar

(Cronista Popular de Guanarito)

JESÚS ENRIQUE FUENTES: UN AMIGO DE VERDAD

CRÓNICAS GUANARITEÑAS


JESÚS ENRIQUE FUENTES: UN AMIGO DE VERDAD

Creo que llegó a Guanarito en 1968, cuando llegaron los equipos
eléctricos de CADAFE, cuya planta se instaló a la entrada del pueblo, justo al lado de la casa de familia del desaparecido coterráneo Coromoto Cárdenas. Si no me falla la memoria, creo que nació en Barreras, población cercana a Tocuyito-Carabobo, pues siempre la refería en sus conversaciones. Cuando aún las universidades venezolanas no habían creado la carrera de Técnicos Superiores Universitarios, ya Fuentes había obtenido el título de T.S.U. en Mecánica Diessel, acreditado por una universidad de EEUU. Fue el primer Jefe de Planta que tuvo CADAFE en Guanarito. Allí laboraron entre otros los Peritos Electricistas Luis Enrique Morillo Lucena, Saturno Colina, un amigo de apellido Cedeño, y años más tarde los técnicos Pedro Vásquez y Antonio Umbría Núñez (mi suegro), además de Juancito Ortega (el obrero encargado de la limpieza del área).

A principios del año 1969 mi madre fue arrendataria del restaurante del recordado Guevara, que había fallecido un año atrás. Un día de aquellos ocurrió un accidente con una bombona de gas y el local se incendió. Eladio Crespo Flores, quien era presidente del Concejo Municipal estaba comiendo en aquel infausto momento, salió y prendió su carro, y como a los 15 minutos llegó Jesús Fuentes (jefe de CADAFE) con un camión cisterna y pudo paliar la situación. Desde entonces se hizo nuestro amigo. Por eso afirmo que lo conocimos lo muy de cerca, puesto que mi madre, luego de que nos mudamos para el barrio El Cementerio tenía una casa de bahareque al lado de la nuestra donde ella habita, y se la dio en alquiler a don Jesús, quien además era su cliente comensal. Fue allí donde entablamos una sólida amistad, y de vez en cuando compartíamos un buen whisky, en seguida buscaba un equipo portátil, reproductor de casetes y escuchábamos sus preferencias musicales: Jorge Negrete, Pedro Infante y Los Panchos. Siempre fue un hombre solitario, aunque cordial con quien se adaptara a su firme manera de ser. Hablaba a veces de su familia (esposa e hijos), pero sin ahondar en detalles.

Tiempo después Fuentes se retiró de esa actividad y se dedicó a la agricultura, en una finca que adquirió por los lados de Guanare Viejo; y más tarde se dedicó al transporte de material granular en un viejo volquete que era su dolor de cabeza y su diversión, pues era capaz de desarmar y armar el motor en un solo día.

Siendo agricultor, fue víctima de una emboscada en cayapa, por parte de otros productores envidiosos. Los sujetos planificaron bien la celada. Salieron en una camioneta desde Guanare para Guanarito, y como sabían que Fuentes traía la misma ruta, detrás de ellos, fingieron estar accidentados. Al divisar la camioneta con el capot abierto, Fuentes, experto mecánico y hombre solidario, se detuvo delante de ellos y se propuso a solucionarles la avería, y en lo que dobló la espalda para asomarse al motor le dieron un golpe contundente en la cabeza y huyeron cobardemente, dejándolo tirado en el hombrillo de la carretera, creyendo que lo habían matado, hasta que fue auxiliado por alguien. Esto le costó varios meses de inactividad y le dejó ciertos trastornos cerebrales. Lo cierto es que sus agresores ya murieron y Fuentes todavía está vivito y coleando. Todo lo dejó en manos de Dios, sin pensar en venganzas.

Tenía, por aquel tiempo, unos 60 años, pero también una fuerza increíble, pues alzaba una yanta del camión, con rin incorporado, y de un tirón lo lanzaba a la cachucha del volteo. Otra vez se encontró en la carretera a dos hombres que estaban por despresar un toro que había atropellado una gandola, pero no cargaban cuchillos. Se detuvo Fuentes y los ayudó, y éstos le ofrecieron una pierna, pero entre los dos no podían subirla al camión (cargado de granzón), fue entonces cuando Fuentes la agarró y él solo la lanzó sobre el encerado que cubría el granzón, encendió su camión y arrancó.

Una noche estábamos un grupo de amigos libando cervezas en el bar de Samuel Prieto. En esos llegó el amigo José León Mora (“Morita”), encervezado y hablando con arrogancia. Venía mojado y lleno de barro, y dijo: -le acabo de dar un coñazo a Jesús Fuentes que lo pasé por encima de un charco. Y comentó José Ramón Lucena: -Es probable que Fuentes haya pasado por encima del charco, pero después de zumbar a “Morita” en el barro.

Un buen día se perdió de Guanarito, sin rumbo desconocido. Después supimos que estaba por los lados de Calabozo, remontado en una buena gandola, transportando rubros agrícolas. Dejó una cantidad de cosas, entre ellas unas esquelas de amor, de una dama con la que se carteaba, el diploma-título de TSU en Mecánica Diessel y el retrato que adorna esta crónica, recibiendo un reconocimiento del gobierno regional adeco, pues en el fondo se observa el perfil del profesor araureño Ramón Moreno Delgado (Director de Educación para entonces).

Desde el día de su inesperada partida para no volver, todos los que lo conocimos, nos preguntamos: -¿Y qué será de la vida de don Jesús Fuentes?

Yorman Tovar 

Cronista Popular de Guanarito

EXTRAÑANDO A AQUEL POETA Andrés Eloy Blanco




!Feliz Domingo a todos mis seguidores!

Yorman Tovar 

EXTRAÑANDO A AQUEL POETA

“No hay que llorar la muerte de un viajero,
hay que llorar la muerte de un camino”.
(Andrés Eloy Blanco)

POETA, HERMANO QUERIDO,
CÓMO LE DUELE TU AUSENCIA
A ESTA PATRIA EN EMERGENCIA
Y A ESTE PUEBLO TAN HERIDO

SE MUERE LA FE EN LA GENTE
QUE NO LE IMPORTA EL DESTINO
NI LA MUERTE DE UN CAMINO
CON UNA CRUZ EN LA FRENTE.

I
POETA, HERMANO QUERIDO,

ayer nos dijiste adiós,
por eso calló su voz
el saucelito en el nido,
el perro lanzó un aullido
lastimero, penitente;
muere el pueblo impunemente
sin pan y sin medicina.
Crucificada en rutina
SE MUERE LA FE EN LA GENTE.

II
CÓMO LE DUELE TU AUSENCIA

al pueblo que tú cantabas,
al pobre que consolabas
con humor e inteligencia.
Hoy, Juanbimba en la indigencia
pesa menos que un comino,
va con semblante cetrino
como perro callejero,
como triste pordiosero
QUE NO LE IMPORTA EL DESTINO.


III
A ESTA PATRIA EN EMERGENCIA

transmutada en negro infierno
le hace falta un buen gobierno
de cordura y con decencia,
que cese la delincuencia
del Cuello Rojo asesino,
que el USURPADOR cretino
no diga más: “Soy obrero”…
a él no le importa el viajero
NI LA MUERTE DE UN CAMINO.

IV
Y A ESTE PUEBLO TAN HERIDO

por puñales de traición
le hacen falta, otro Simón,
y otro Miranda aguerrido,
y otro PAPA comedido,
no un cómplice indiferente,
sino un Prelado valiente
que defienda al pueblo honrado,
que muere desesperado
CON UNA CRUZ EN LA FRENTE.


REQUIEM POR EL PASTOR DE POLICROMÍAS



Y ENMUDECIERON LOS CIELOS,
¡HA MUERTO PASTOR GARCÍA!
ESTIBADOR DE ILUSIONES,
PASTOR DE POLICROMÍAS.



I
El fuego canicular
secó el laurel de la fama,
la vela extinguió su llama
y el pincel se echó a llorar,
se negó el sol a brillar,
y contuvieron sus vuelos
las garzas, ya sin anhelos,
sin vigor quedó el follaje,
de luto vistió el paisaje,
Y ENMUDECIERON LOS CIELOS.


II
Y la rosa matutina
de su secreto vergel,
la que fue panal de miel
mitigando su rutina;
-mientras la tarde declina-
se funde en melancolía
en la tersa poesía
de un manoseado cuaderno…
el silencio se hace eterno… 
¡HA MUERTO PASTOR GARCÍA!

III
El creador acuarelista
de perenne juventud,
pinceladas de virtud
trazaron su alma de artista
se irguió sobre la conquista
de laureles y ovaciones,
adoctrinó corazones
y los perfiló en el Arte
e implantó su reino, aparte, 
ESTIBADOR DE ILUSIONES.

IV
Escultor de la pureza,
pintor de nombre laureado,
¡oh poeta reservado!
Rapsoda de la tristeza,
tu eterno adiós se embelesa
con cándidas fantasías,
sollozan las armonías
de un cuadro, aún no acabado…
El pincel fue tu cayado, 
PASTOR DE POLICROMÍAS.

Yorman Tovar
6 de abril de 2019

martes, 9 de abril de 2019

EL FIN-FIN y EL SILBON en el Diccionario de fantasmas, misterios y leyendas de Venezuela de Mercedes Franco

Mercedes Franco es una escritora que recopiló en un diccionario una muestra de algunos elementos representativos-- por no decir los mas importantes-- de los espantos, misterios y aparecidos producto del imaginario popular de Venezuela. Estos amenos relatos están acompañadas de ilustraciones magistrales y emotivas de Walther Sorg.

Esta es una publicación de Ediciones Los Libros El Nacional con tres ediciones desde 2001 y  2007.

En el se relatan dos historias relacionadas con el Finfín y Silbón. 


EL FIN-FIN




En la noche de Amparo, junto a la impenetrable agua de Arauca, vaga por los campos el “Fin-Fin”, poblando de espanto los sueños campesinos. Cuentan que los silbidos con que llaman a su caballo se escucha desde lejos, y al oírlo, los perros aúllan de pavor, las vacas mugen en sus establos y las gallinas cloquean enloquecidas. Según la leyenda, es el alma atormentada de un joven que mató a su padre para robarlo. Ahora recorre incansable aquellos lugares, en un caballo cerrero, por toda la eternidad.
Muchos campesinos de El Amparo tienen sus propias técnica para defenderse del “Fin-Fin”, y una de las más comunes construir los tranqueros y cercas formando una cruz. Los portones las casas también se fabrican de esta manera. Y algunos dejan fuera de la casa una totuma llena de ajíes, lo cual se supone que basta para ahuyentarlos, nadie sabe por qué.
Dicen que una noche, un llanero llamado Carlitos Núñez caminaba hacia la casa de su amada, la bella Jacinta. La noche era oscura y joven silbaba para darse ánimo. De pronto, a su espalda, resonó otro silbido leve, como el rechiflar de alguien que llama con insistencia. Pero nada se veía, por la oscuridad.
El rucio de Carlitos frenó de golpe el trote suave que llevaba Dio unos pasos hacia atrás, resopló y sacudió las crines, nervios Se negaba avanzar. Desconcertado, el llanero sintió de pronto un golpe en el rostro, con tanta fuerza que lo derribó del caballo lo golpeaban, en el mentón, en los pómulos, pero no se ve nada. Rodó por la hierba húmeda de la sabana, mientras aquel ser invisible lo golpeaba sin tregua.
A tientas hurgó el bolsillo de su pantalón. Encontró la cruz de palma bendita que le metía todas las noches su novia.
-¡Espíritu Santo, sácame de este trance! – bramó con el poco de aíre que le quedaba en los pulmones, blandiendo la cruz de palma bendita. Cesaron los golpes. Sólo el silencio galopaba por las sabanas abiertas.
Carlitos se vio solo de cara al alba. A su lado, el rucio mordisqueaba unos matojos, ya calmados. Ensangrentado el rostro y arrastrándose por las dolorosas, magulladuras de los golpes, logró montar de nuevo a la bestia, que resolló con tranquilidad. A paso lento tomó de nuevo la senda que llevaba.





El Silbón.
http://ciudadescrita.blogspot.com/2019/02/el-silbon-y-la-mula-maneada.html

El Silbón es un personaje muy popular en los llanos de Portuguesa. Se dice que era un muchacho indómito, hostil y de mal proceder, que en un arrebato de ira se enfrentó a su padre y lo mató. Por eso fue condenado a vagar por siempre con los huesos de su padre en un saco. Sus tétricos silbidos se escuchan en la sabana. Si se oyen cerca es porque está muy lejos. Pero si escuchan lejos hay que prepararse para correr.

Ciudadescrita es un blog que reomendamos donde destacan mitos y leyendas venezolanas. 


http://ciudadescrita.blogspot.com/2019/02/el-silbon-y-la-mula-maneada.html



Referencias

Franco, Mercedes. 2001. Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.

Franco, Mercedes. 2007. Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 3era. Edición, 2007. Caracas, Venezuela.




lunes, 8 de abril de 2019

Leyendas Folkloricas del estado Portuguesa: El Silbón Silva Uzcategui, R.D.

Es lo que en Lara llamamos el silbador. En Portuguesa dicen el silbón. Es un espanto que en la época de semana santa da unos silbos muy penetrantes que infunden pavor en las gentes. A un campesino de Lara le pregunté hace tiempo que si el silbador sería un pájaro, y me constestó rotundamente que no, porque el canto de los pájaros no da miedo, y en cambio, el silbido del silbador infunde espanto en quien lo oye.  

Referencias

Silva Uzcategui, R.D. 1955. Provincias Venezolanas: El Estado Portuguesa Guía y síntesis general. Edición fascimil 1998. Gobierno de Portuguesa. 264 pp.

El Silbón de Dorothy N de Stergios




EL SILBON 


Dorothy N de Stergios







Del rico manojo de leyendas que tiene el estado Portuguesa, la del Silbón es la que más ha trascendido las fronteras regionales. Sin temor a equivocación, se puede aseverar que la leyenda del Silbón es la identificación de Portuguesa cuando de su folklore se trata. Tanto así, que el insigne folklorista don Dámaso Delgado además de popularizarla en grabaciones discográficas la llevó al drama. 

Son los moradores del distrito Guanarito, quienes mejor aseguran haber visto y escuchado al Silbón. La descripción que presentan quienes han logrado verlo, es la de un hombre desproporcionado, muy alto, que camina sobresaliendo por encima de las copas de los árboles, emitiendo un silbido espeluznante. La creencia radica en que cuando el sonido se oye lejos, el espanto está cerca; si por el contrario, se escucha un silbido cerca, el espanto está distante. La leyenda dice que el Silbón es el ánima en pena de un hijo que mató a su padre y le comió la asadura. 

Seguidamente se reproduce una vivencia de un residente de Guanarito: 

"Iba yo camino abajo pa'l Regalo, cuando retumba ese ruido en mis orejas, igualito al del Silbón; la mula da un sobresalto y brinca pa'arriba. Enseguida se me descompuso el cuerpo, busqué en la guardacamisa la medallita de la Virgen del Carmen, y me le pegué a ella. Enfueté la mula que brincó la cerca, llegué a la casa y todavía temblaba del susto. 

Así como esta experiencia, son innumerables las que el hombre llanero de ese distrito sureño guarda en su memoria. 

Algunos dicen que persigue a las mujeres en estado de gravidez: otros, comentan que busca a los hombres parranderos, a quienes trata de seguir sus pasos. Pero lo cierto es que la leyenda del Silbón existe, y el habitante portugueseño continuará recordándolo. 





Referencia

de Stergios, Dorothy N. 1991. El Folklore del estado Portuguesa. Ediciones homenaje al Cuatricentenario de Guanare. Caracas/Venezuela/1991.

domingo, 7 de abril de 2019

La Historia Oral sobre del Fin-Fin también llamado Silbón Pedro Pablo Linares Compilador

Pedro Pablo Linares 

Compilador

Entre los pobladores de la región de Guanarito todavía se  conserva esa leyenda que el Ateneo de Guanare inmortalizó junto a Dámaso Delgado pero que en ese proceso divulgativo sufrió transformaciones tal como se puede apreciar en el testimonio oral del cultor popular Vidal Colmenares quien afirma que antes no se hablaba del silbón sino del sinfin o Finfin "El nombre del silbón se lo ponen cuando el disco", fue grabada naturalmente.

"Yo, como muchos ya saben, viene aquí a Guanarito ya grande, pero an­tes de venir acá a Guanarito en mi te­rruño, que es Caño de Indio, a 100 Kms de acá, desde muy pequeño yo oía hablar del Silbón ese. Desde que ten­go uso de razón.

Se decía que el nombre de él era Juaquin Flores, es lo que decían los vie­jos, y la forma de él llegar a convertirse en Silbón es por lo que mucho sucede, por lo renuente, por la pelea con los pa­dres. El padre un día lo maltrata de pala­bra, lo regaña, entonces el se va al mon­te y recorta un chaparro y se lo trae al papá y le dice —tome papá— entonces el viejo agarra el chaparro y le dice él —quiébralo— llega y lo quiebra pero des­pués se fue y le buscó una horqueta y le dijo —tome esta otra—, quiébrela! —en­tonces el viejo no pudo quebrarla y él le dice al viejo— El palo se endereza cuan­do está pequeño, después de grande no, usted ha debido ha­cer eso conmigo antes en este momento.
Ahí es cuando él mata al padre, y le saca los hígados y se los lleva para la casa pero cuando los está cocinando, en ese preciso momento, aga­rra la vieja,•su mamá y la mata también y los echa a cocinar pero ahí llega el hermano Juan y se da cuenta de lo que ha cometido y lo encuentra que está hirviendo los hígados y los hígados no se coci­nan, entonces ahí es donde llega y le pega un chaparrazo con el mandador. Por eso es que él le tiene miedo al mandador y le bate la tapara de ají en la cabeza de suero, con que pensaba comerse la asadura de sus padres.

Llega y le bate la tapara por la cabeza y le asustó un perro que llamaban tureco y sale pa'fuera y le pide a la Encarnación Divina "que sin fin debiera de ser". Unos le dicen Finfin, pero el nombre es Sinfin.

A mi me enseñaron desde muy pe­queño que era Sinfin. Sinfín porque va­gará sin encontrar el fin. El hermano pide que sin fin debe ser. Claro que la gente le dice Silbón porque silva, unos le dicen Finfin, pero el nombre es Sinfin, porque el hermano dijo que permita Dios y la Encarnación Divina que sin fin debes de ser.

Mi abuelo, que murió de más de 80 años, decía que tenía la creencia que en tiempos de entrada de agua, donde estan las rozas quemadas, sale y tira los huesos, porque a él se le perdieron los pequeños de los padres, entonces la penitencia de él, según los viejos, es hasta que consiga esos huesos. Entonces él cuando y que estan las rozas quemadas llega y tira los huesos y los revuelve con los carbones a ver si le aparecen los huesos.

También persigue a las mujeres em­barazadas, a los borrachos pa'bebele el aguardiente y a las mujeres embara­zadas pa'sacale la criatura a ver si con­sigue esos huesos perdidos.

Cuando yo estaba pequeño no oía hablar del Silbón de aquí de Guanarito sino de Chaparrito. Se ha dicho también que la zona más frecuente de él es Sa­bana Seca y Chaparrito.

Por Chaparrito dice uno, por la vía de Chorrosco, hacia Barinas, pero Sa­bana Seca es de por acá.

La gente le temía. Yo le temía con argo por que yo fui criado en el campo, sobre todo en mayo pero Silbón no se le decía sino Sinfin. Silbón se vino a decir fue a los tiempos. Se decía era "Estamos en el mes del FINFIN o SIN-FIN". Nada más decía la gente eso. Pero la leyenda es después que eso llega a la civilización, que lo llamaron Silbón.

El nombre de El Silbón se lo ponen cuando el disco, pero el nombre era Finfin, aunque el nombre de él era Juaquin Flores.

El Finfin, decían los viejos, el finfin".



Referencia

Linares, Pedro Pablo. 1996. La Historia Oral sobre del Fin-Fin también llamado Silbón. Revista Cultural de Portuguesa Zazaribacoa, tomó nurvo cauce. Año 3, Nº 3. Dirección de Cultura del Estado Portuguesa, Guanare, p 26.

sábado, 6 de abril de 2019

Graterolacho ¡Inolvidable!




TROVAS DE TRAVESÍAS

Graterolacho ¡Inolvidable!
(Hoy a 84 años de su nacimiento)

Por Yorman Tovar




En 1989, cuando aún tenía Manuel Graterol Santander su despacho en el sector de “Los Ruices” (Caracas), me encomendó la tarea de recopilarle y prologarle una Antología de poemas nativistas, plenos de romanticismo llanero a la que tituló “CASIMBA, poesía del pueblo”, publicada por José Agustín Catalá y su Editorial Centauro en 1995. El prólogo lo inicié así: “Puedo afirmar que conozco a Manuel Graterol Santander desde 1965, de cuando, ocasionalmente, llegaba a Guanarito uno que otro ejemplar del semanario “El Imparcial” de Don Manolo Escalona”.


Efectivamente, en mi pueblo comencé a leer sus glosas y romances. Y me despertó admiración por aquel extraño nombre: “Graterolacho”, sin pensar, remotamente que años más tarde compartiría con él un encantador elenco en el semanario “El Camaleón”, encartado los fines de semana en el diario El Nacional), junto a Luis Muñoz Tébar (Lumute), Carlos Bujanda, José Hinojosa, Ubaldo Quevedo, Octavio Montiel “El poeta del 23 de enero”; y los caricaturistas: Jorge Haralambides, Jairo Osorio, Omar Cruz, Carlos Cruz y Panchito Borges. Cuando le envié los primeros trabajos, con mi nombre al revés NAMROY TROVÁ, cuál no sería mi sorpresa, el domingo siguiente, cuando aparecieron publicados con el pseudónimo que me colocó: EL MAYOR TROVÓN “El Camaleón de Guanarito”, con el cual se me conoce en las lides de la poesía popular. También tuve el privilegio de que me prologara mi antología de lo que había publicado en 5 años en ese semanario: “Trovas de El Mayor Trovón”, bajo el sello de Ediciones Centauro en 1994.

La obra lírico-romántica y nativista de Manuel Graterol Santander es diferente a la que produjo el escritor desdoblado, bajo la pseudonimia de GRATEROLACHO o “El Camaleón mayor”, y entregarla, saturada de humor, plena de sarcasmo y mordacidad, y a la vez combativa.

La parte lírica se inicia con “Araguaney”, su primer poemario (1959). Eran los tiempos en que, al visitar Portuguesa, participaba –entre tantos eventos de trago y bohemia- en las tertulias de “Punta Brava”, casona de “El cabezón” Armando Hernández Molina en Araure. De esas reminiscencias y de las de sus andanzas de zagaletón en Píritu, recuerda su amigo del alma, el poeta Arjuna Castro Castillo en su romance “El caballo de Manuel”:

“Yo lo conocí potranco
en el Distrito Esteller
y era bastante despierto,
hoy es lo mismo que ayer:
Sobrado en el pasitrote,
pasillano, uno, dos, tres,
y ágil en volatería
era faculto también.
Perverso en la falsa rienda,
porque lo suyo es correr (…)
Y hasta se sabe en detalles
los secretos de Manuel:
cuando le repugna el trago,
cuando lo quiere beber,
cuando tiene el pensamiento
puesto en alguna mujer
y cuando anda en armonía
Graterol con Santander”

En 1982 publica “El caballo de mis coplas” con notas preliminares de Reinaldo Espinoza Hernández, Simón Díaz, Manuel Salvador Páez y Enrique Hidalgo. Espinoza Hernández comenta:
“Manuel Graterol Santander, poeta del amanecer que va recogiendo en su porsiacaso los primeros cantos de la soisola y la menuda harina de los rocíos engrillados, sabanea en sus glosas el cristal de los caños y lagunazos y la piel de vidrio de los ríos llaneros. Mientras ande por las tierras venezolanas siempre tendré en mis labios un verso de Manuel Graterol Santander, el último glosador”.

De este libro, conservo el ejemplar que me obsequió en el III Encuentro de poetas, en 1987, con esta dedicatoria: “PARA YORMAN TOVAR, EL POETA GRANDE QUE SIGUE ENLAZANDO LOS POTROS QUE SE LE ESCAPARON A MI PENSAMIENTO”.

En 1989 publica “Glosamoríos”, donde pone de manifiesto su ingenio de inventar la GLOSA-GLOSA: es decir, un palabreo con dos cuartetas. Los cuatro versos iniciales de cada décima corresponden a la primera cuarteta, y el final o pie tradicional de cada décima es, consecutivamente cada verso de la segunda cuarteta. Nada fácil de construir, sin embargo, la hemos seguido practicando –entre otros- Guillermo Jiménez Leal, José “Cheo” Ramírez y quien escribe.



En el año 1995 aparece “CASIMBA, poesía del pueblo”, una compilación mía con poemas de los tres libros antes mencionados. En la “Puerta de entrada” dice José Ignacio Casal:
“Manuel Graterol es un campesino por haber nacido en Turén y por haber vivido hasta la adolescencia en Píritu y Acarigua. Todo campesino sueña con tener llena la CASIMBA, pero no con frutos ajenos sino de su propia cosecha. Manuel está cosechando muchos años de siembra, de trabajar los surcos del afecto, de regar la semilla de la venezolanidad, con el inagotable manantial de su fuerza creadora, fertilizando el suelo con la fórmula de la amistad, el cariño y la lealtad, porque –como é mismo escribe- es amigo de los amigos, con razón o sin razón, en las buenas y en las malas”.

En el amarillento ejemplar que conservo de esta obra, se lee la dedicatoria: “A YORMAN TOVAR, AUTOR INTELECTUAL DE ESTE PROYECTO. GRATEROLACHO. ABRIL 95”.

Su obra lírica, casi toda en octosílabos, urdidos en décimas y romances, no sólo queda impresa en estos libros mencionados, sino también en diversos Long Play de acetato, Casetes y Discos Compactos (CD) y nuevas tecnologías. En espectáculos y parrandas, sus versos seguirán cabalgando en muchas voces, y especialmente en mi humilde voz, como declamador y locutor. Sus pasajes, joropos, tonadas y golpes, musicalizados por tantos creadores de esta tierra, seguirán su curso en las emisoras de radio y en cada lugar donde esté un poema de Manuel, en voces de Gualberto Ibarreto, María Teresa Chacín, Oscar Martínez, Víctor Morillo, Pablo Baresco, Simón Díaz, Rummy Olivo y otros talentosos intérpretes.

En otra dimensión, la obra humorística de Graterolacho o “El Camaleón mayor”, diferente a la obra lírica Manuel Graterol Santander, se sustenta en la sátira política de todos los tiempos, contra la corrupción, la burocracia de la llamada “IV República”, y los cánceres, de esta “V RES PÚBLICA” hasta la hora de su muerte el 11 de junio de 2010.

En esos versos está plasmada toda su inquietud angustias por Venezuela. En “El Libro Flaco de Graterolacho (nombre paródico de “El Libro Gordo de Petete”); en las viejas páginas de la revista Semanal “Bohemia”, en las casas donde algún coleccionista haya guardado ejemplares de “El gallo pelón” y del Semanario “El Camaleón” y “El Nuevo País” y la innovadora tecnología del TWITER, donde dejó un incalculable número de cuartetas “jodedoras”.


En épocas pasadas el pueblo tenía poco acceso a los poetas, y, lógicamente, había una parte de Portuguesa que no conocía a Manuel hasta que en 1985 se llevó a cabo el I Encuentro de Poetas Portugueseños, evento que tuvo alrededor de 17 ediciones. Fue creado por Manuel Escobar (Presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela en Guanare); Luis Bazán García, y Leonel Páez en la AEV Acarigua-Araure, con la cooperación de la Coordinación de Cultura del Gobierno de Portuguesa, dirigida por el Dr. Miguel Eduardo Gómez. Estos encuentros hicieron que Manuel se compenetrara con el pueblo y con el resto de los poetas, tanto de su generación como con los que estábamos iniciándonos en el oficio.

El 13 de junio 1990, en el marco del Bicentenario del natalicio de Páez, se funda la “Casa de la Poesía” en Acarigua, y el Museo de Humor que lleva su nombre, compartiendo honores con su padrino “J. Epitacio” y con Simón Díaz. A partir de ese momento, ese recinto se convirtió en el lugar del reencuentro con ese gran portugueseño al que admiramos, amamos y seguiremos recordando por siempre., aún después de su desaparición física.

Dijo Cristina de Suecia que “los grandes hombres tienen presentimientos de su destino, en lo que rara vez se equivocan”. En su libro “El Caballo de mis coplas”, en el poema titulado “Final” pide el poeta a sus hijos:

“Tráiganme un puñado de la misma tierra
que cuando era niño me cargó en sus piernas
y mojado en lágrimas de un hombre cualquiera
échenlo en mi tumba como última ofrenda”.

Y así se cumplió su petición hecha varias décadas atrás. Y en su poema “Romance para otro amigo”, en “Casimba”, manifiesta el poeta su condición de llanero bien nacido:

“Y es que uno nació llanero
y es difícil olvidarlo,
eso no se olvida nunca,
eso lo tengo bien claro,
y aunque pase de 60
y me sienta más anciano,
Luis Bazán, vuelvo y te digo,
con la música de un cuatro
que en mis hijos y en mis nietos
–aunque me hayan sepultado-
aun después de mi muerte
seguiré queriendo al llano”.



Hoy, a 84 años de tu nacimiento en Villa Bruzual, capital del entonces distrito Turén, hay un incalculable número de venezolanos que como este amigo, te seguimos recordando, Gran Maestro del buen humor, puntero del romance lírico hecho canción, madrinero de glosas, décimas y sonetos, rebaños cimarrones, indomables como El caballo de tus coplas, tú poesía continuará trochando la tierra venezolana, para cumplir lo que tú dices en el poema:
“Entre sus patas de alma
voy divisando un tierrero,
y es tierra venezolana
lo que levanta hacia el cielo,
para que hasta Dios conozca
cómo se canta en mi pueblo”.

¡Descansa en paz, hermano!